A raíz de la
reforma política que se llevó a cabo en 1977 y el consecuente incremento de la
cantidad de quienes supuestamente representan a la población y tienen como
función la legislativa, que consiste en revisar y crear leyes que conduzcan el
comportamiento de los mexicanos en consonancia con la Constitución Política de
los Estados Unidos Mexicanos, además de aprobar presupuestos gubernamentales, se
elevó el número de diputados, de 184 a 400. El recinto que ocupaban esos “paladines”
se localizaba en el Centro Histórico del entonces Distrito Federal. Los insensibles "servidores públicos" determinaron apoderarse del terreno ocupado por la Secundaria 112, que tenía varios años de brindar el servicio educativo a los adolescentes oriundos de la zona de la Merced y de La Candelaria.
Como consecuencia del
aumento del número de funcionarios, se hizo necesario reubicarlos y ¡qué mejor
que construir un recinto exclusivo para ellos!
En esa época,
vivíamos en la unidad Kennedy, el edificio se ubica en la calle Cecilio Robelo,
entre Francisco del Paso y Nicolás León.
Era un área bonita, agradable a la vista, pues había una enorme superficie
rectangular en medio de los edificios que le servían de marco. Si una se paraba de frente a la unidad
habitacional, se podía ver que después del espacio vacío, había un par de
edificios que eran una especie de prolongación de los dos lados laterales del cuadrilátero
con un espacio arbolado entre ellos, el 311 y el 315, con tres entradas y ocho
departamentos por entrada, dando un total de 28 viviendas por edificio; más
adelante, se observaba un espacio menos grande, con piso y bancas, lo que daba
una sensación de amplitud.
El terreno que abarcaba la “tierra roja” tuvo varias
funciones que transformaron su aspecto.
Mi familia se mudó
a la unidad cuando yo tendría unos dos o tres años, en 1967 o 1968. Solíamos llamar a ese terreno “tierra roja”,
no había nada en él, sólo tierra de color rojizo.
Unos tres años
después, el lugar fue habilitado como cancha de fútbol y cada fin de semana
niños de ambos sexos, jóvenes y hombres se enfrentaban a través del “juego del
hombre”, como decía el cronista deportivo Ángel Fernández, de quien recuerdo
que, además de gritar el gol hasta que el aire de sus pulmones se extinguía,
decía “me pongo de pie” ante jugadas impresionantes.
Creo recordar que
mis hermanos jugaban en equipos infantiles.
El uso del espacio como sitio deportivo de recreación duró algunos años,
no tengo preciso la cantidad porque después mi mamá y mi hermano, junto con
otra familia del edificio 315, se dieron a la tarea de plantar árboles.
En la Unidad
Kennedy había jacarandas y colorines; los jardineros de la Unidad Kénnedy
podaban y dejaban las ramas para que, al día siguiente, el camión de la basura
se los llevara.
Los colorines son
árboles bonitos, sus flores, cual pequeñas espadas rojas, son comestibles y
crecen sin necesidad de muchos cuidados.
Sin embargo, los colorines no eran de mi agrado a pesar del hermoso tono
rojo de las vainas puesto que, en primavera y verano, los colorines se llenaban
de azotadores, gusanos extremadamente grandes, desagradables y perniciosos que,
a veces, caían al piso o sobre los transeúntes que pasaban debajo de alguna
rama.
Como lo anoté antes,
algunos de los miembros de dos familias, la mía y la de Rodolfo, que vivíamos
en las entradas C, una del 311 y la otra, del 315, recogían las ramas de
colorín y las incrustaban en la tierra para luego regar y con ello, asegurar el
crecimiento de los árboles.
Así se transformó
el lugar en un pequeño parque, sólo le hacía falta que colocasen bancas.
Éramos felices,
teníamos un área verde dentro de la unidad, además de los jardines que los
habitantes de los departamentos de las plantas bajas de todos los edificios de
la unidad, en el que habían plantas con flores como rosales, geranios, lirios,
camelias, margaritas, helechos y lindas enredaderas al borde de las rejas,
arbustos e incluso, árboles como nochebuenas, pinos e higueras; lo mejor era
que estaba al costado izquierdo de nuestro edificio.
En 1977 se comenzó a hablar de la
construcción de la Cámara de diputados, la ubicarían en Eduardo Molina, a la
altura del metro San Lázaro.
Mi mamá se organizó
con algunos vecinos de los edificios de la calle Cecilio Robelo para defender
nuestro parque. Se hicieron oficios
llenos de firmas que mi mamá y otra vecina llevaron no sé a dónde, ahora
supongo que a la entonces recién creada Delegación Venustiano Carranza.
El trabajo de
arbolar el enorme jardín, de las cartas a funcionarios y yo me imagino, a
diputados, fue inútil.
Un mal día por la
mañana, el enorme jardín amaneció sin árboles y con excavaciones para colocar
cimientos.
No recuerdo bien,
no logro asociar hechos para identificar el año en que la Secundaria Ricardo
Flores Magón comenzó con las actividades educativas en las que los alumnos de
la Secundaria 112, provenientes de La Merced y La Candelaria, fueron enviados a
continuar sus estudios en un lugar alejado de sus domicilios y que,
seguramente, debían abordar el metro o subir a un camión para llegar a la nueva
escuela que, por cierto, es más pequeña que el antiguo Plantel. Tal vez fue en 1980 o 1981.
Los alumnos de la
secundaria 112 fueron enviados al Plantel recién construido que había ocupado
un espacio dentro de la Unidad Kennedy.
Eso lo vivimos como un abuso, pues no sólo utilizaron el espacio
arbolado, también se apoderaron de parte de los pasillos que formaban el
antiguo perímetro rectangular.
A partir de
entonces, esa parte de la Unidad incrementó su inseguridad, pues los edificios
quedaron escondidos, el tránsito por los pasillos se volvió más estrecho y,
sinceramente, esa área perdió su antiguo encanto.
Y yo me repito
desde entonces un par de preguntas: ¿Hubo algún beneficio en la construcción de
un recinto para quienes sólo van a dormir, a pelear, a ganar dinero por no
trabajar y a vivir del erario olvidándose de la encomienda que se les dio a
través del voto? ¿Valió la pena la
destrucción de una superficie que daba alegría a los habitantes de la zona de
la colonia Jardín Balbuena?
De esto hace más de
40 años y cada vez que me cuestiono, con gran tristeza me respondo
negativamente a ambas preguntas.